Cuando los chistes tocan poder: ¿por qué defendemos a los que no nos defienden?

Esta reflexión no nació en un café ni en una conversación profunda.
Nació tras ver un vídeo en TikTok.

Un joven humorista explicaba, con claridad y contundencia, el precio de hacer una broma sobre alguien con poder.
No sobre una figura cualquiera.
Sobre Ana Rosa Quintana.
Sobre una frase irónica que, sin nombrarla, dejaba caer una verdad incómoda: hay quien acumula 44 pisos, mientras otros no pueden pagar una habitación.

La reacción no fue una simple crítica al chiste.
Fue una tormenta. Una avalancha de insultos.
Pero no por lo que se dijo, sino por a quién se dijo.

El problema no fue el humor. Fue la pertenencia.

Lo interesante del vídeo no era solo el contenido del chiste, sino la reflexión que vino después:

“No ha molestado la ética, ha molestado que era una de los vuestros.”

Y ahí está el melón que queríamos abrir.

¿Por qué nos ofende tanto una broma sobre alguien poderoso si sentimos que “pertenece” a nuestro bando?
¿Por qué duele más una ironía que señala hacia arriba que la realidad que aplasta hacia abajo?

Cuando el poder se convierte en símbolo, el símbolo se blinda

Ana Rosa Quintana, en este caso, no era solo Ana Rosa Quintana.
Era el símbolo de algo más grande: una forma de pensar, de ver el mundo, de entender el “éxito”.
Y como todo símbolo, no se puede tocar.
Porque quien lo toca, aunque sea con humor, se convierte en amenaza.

Lo mismo ocurre con políticos, líderes de opinión o referentes mediáticos.
Se protegen con una capa emocional que los convierte en intocables ideológicos.
Y eso… mata el pensamiento crítico.

El doble rasero de la indignación

¿Te has fijado cómo funciona?

  • Si el chiste es sobre “los nuestros”, es ofensivo.
  • Si es sobre “los suyos”, es libertad de expresión.

Y lo peor:

  • Para atacar a ciertos líderes de izquierdas ya no hace falta ni chiste.
  • En cambio, una mínima crítica a una figura del establishment genera una defensa masiva.

No estamos defendiendo personas. Estamos defendiendo símbolos. Y los símbolos, cuando se vuelven sagrados, se colocan por encima del juicio.

El humor como termómetro social

El humor no es solo entretenimiento.
Es espejo.
Y a veces, es martillo.

Cuando una broma incomoda, es porque ha tocado una grieta real.
Pero en lugar de mirar esa grieta, disparamos al que la señala.

“Si tu primera reacción ante un chiste es preguntarte si es de los tuyos o de los otros… ya no estás pensando. Estás reaccionando.”

Preguntas que no deberíamos ignorar
  • ¿Por qué nos molesta más un chiste que un abuso?
  • ¿Por qué saltamos a defender a millonarios que ni siquiera saben que existimos?
  • ¿Qué dice de nosotros el hecho de que protejamos más la imagen de los poderosos que la realidad de los vulnerables?

Quizás el problema no sea el chiste.
Ni siquiera el humor.
Quizás el verdadero problema es que ya no soportamos ver en el espejo aquello que no queremos reconocer.

“¿Por qué te hieren más las palabras que apuntan hacia arriba que las realidades que aplastan hacia abajo?”

¿Quieres el enlace de Tiktok? Dímelo y la subo.


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