Libertad de expresión no es impunidad
Esta reflexión no nace del enfado ni de la nostalgia, sino de una pregunta:
¿Cuándo dejamos de sentir vergüenza al decir en público lo que antes callábamos por decencia?
Hoy cualquiera puede opinar ante todos. Y está bien: democratiza la voz.
Lo preocupante llega cuando decir barbaridades sale gratis e incluso sale rentable: cuantos más insultos, más atención; cuantos más extremos, más aplausos. El altavoz ya no pide argumentos; pide volumen.
Tres motores de esta deriva
1) Algoritmos que premian la bronca
Las plataformas no distinguen verdad de mentira, ni crítica de odio: premian lo que retiene. La polémica retiene. Resultado: lo más chillón sube, lo más sensato se hunde.
2) La vergüenza desplazada
Antes, el entorno social frenaba ciertos excesos. Hoy, la “tribu digital” aplaude lo que la plaza del barrio habría censurado. Se cambia de público, no de discurso.
3) La ventana que se corre (Overton)
Ideas que hace poco parecían impresentables hoy se normalizan a fuerza de repetición. El límite se mueve y, con él, nuestra tolerancia.
Libertad de expresión ≠ impunidad de agresión
Defender la libertad de expresión no obliga a celebrar el discurso de odio.
Una sociedad adulta sabe hacer dos cosas a la vez:
- proteger la discrepancia y
- señalar lo que deshumaniza, degrada o pone en riesgo a otros.
Decir lo que quieras no te exime de responder por lo que dices.
¿Por qué pasa y por qué cala?
- Atajos emocionales: el enfado es adictivo; simplifica el mundo en “buenos y malos”.
- Efecto megáfono: un mensaje extremo encuentra siempre una audiencia mínima… que parece gigantesca cuando la amplifica un algoritmo.
- Silencio del testigo: muchos no comparten el odio, pero no lo contradicen; y el silencio lo normaliza.
¿Qué proponemos desde Shuhari300?
- No alimentar el monstruo: si algo busca atención, no se la regales.
- Responder con criterio, no con bilis: exige datos, contexto y consecuencias.
- Volver a la vergüenza útil: la que te recuerda que hay límites porque hay personas.
- Cuidar el cómo: firmeza sin deshumanizar. La forma también educa.
La valentía no es gritar más fuerte; es sostener una idea sin convertir a nadie en menos que humano.
- ¿Hasta qué punto estamos normalizando lo que antes nos habría avergonzado?
- ¿Qué límites defendemos: los de la ley, los de la ética, los de la decencia?
- ¿Cómo responder sin caer en el mismo barro?
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